Crítica: Sinister


Confieso que soy un espectador al que le gusta el género de terror. Alguien al que le gusta esa clase de terror que se adhiere a tu mente con efectos indeseables. El mismo que te encoge, que conecta con tus pesadillas, capaz de levantarte de la butaca con un rictus de angustia. En mi caso, es en casa, cuando disfruto de una sesión en formato doméstico, donde percibo si el material que me han mostrado es efectivo o no. Quizá sea la sensación de estar siendo observado, o la necesidad de girarme cada dos por tres para comprobar que no hay nadie acechando a mis espaldas.

Y es que, el verdadero terror te persigue sin tregua, permanece intacto durante largas horas, incluso días. Y sin embargo, este género sufre ahora las consecuencias de las modas de multisalas, viéndose reducido a un catálogo de comedias más o menos grotescas que subvierten (y desmitifican) los valores del miedo atávico. Una asignatura superada en numerosas ocasiones por el cine, en tiempos no tan remotos. Pero el slasher intencionadamente teen fraguado en el siglo XXI, ha insistido en camuflar las estrategias comerciales con productos de perfil bajo. El terror de masas, el que da beneficios y logra que la rueda siga avanzando, sólo convence a los complacientes. Las razones me esquivan (o tal vez no proceda entrar en ese tipo de debates), pero la oferta se reduce al terreno de los incondicionales, eruditos –a veces sin ínfulas– que han comido y bebido a Murnau, a Roger Corman, a John Carpenter, a Dario Argento y a directores del estilo, asiduos de Sitges que celebran allí su fiesta anual.

Ultimamente, los economistas de la industria habían pretendido asustarnos con historias cimentadas sobre fenómenos etéreos: una caja sin fondo que, época tras época, ha dispuesto del amor, tal vez obsesivo, de los que buscaban un nuevo Poltergeist o El exorcista. Monstruos y espíritus casi inmortales se agitaban en una coctelera que fascinaba (y fascina) a varias generaciones. Todavía hoy reivindican, no sin argumentos, el valor tangente de La Cosa. No está el público para naderías, pues ha crecido a la vez que el cine, es decir, conoce el lenguaje y sus herramientas.

Cada vez es más difícil sorprender al antiguamente llamado respetable (ironías del léxico). Y por eso hay que demandar propuestas innovadoras. Algo así buscaban los productores de Paranormal Activity, ese híbrido formal que triunfó gracias a su decisión de no intentar comprender la naturaleza del peligro, de emplazar la cámara a un palmo del intimidante pero invisible agresor, que golpeaba cuando más frágiles yacemos: dormidos en mitad de la noche. Por supuesto, esos productores abrieron una franquicia que parece no tener fin. Han transformado el mérito y la efectividad del primer capítulo en un circo de sustos pretendidamente efectistas.

A continuación financiaron otra película cuyos primeros minutos son tan inquietantes como pavorosos. Todo transcurría en una casa, alrededor de una familia que poco después de instalarse en su nuevo hogar ve cómo su hijo pequeño entra incompresiblemente en coma, cayendo en el inframundo regentado por un demonio que intenta cobrarse su alma. Insidious expelía cierto tufo a cliché sin fondo. Pero te mantenía en tensión, te inducía –como ese leviatán, mezcla de Bono (el de U2) y Darth Maul, que no deberían haber mostrado– un malestar crónico, culpa de la asfixiante atmósfera y, sobre todo, del uso psicológico del sonido. Aun así, su condición de obra industrial se evidencia en los marcianos giros de guión, en la pérdida absoluta de fe en su gancho primero. Es decir, la invisibilidad del monstruo.

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