Estreno: Polvo de estrellas


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Es curioso que, para ridiculizar la cultura hollywoodense, el director canadiense David Cronenberg haya recurrido a un clima telenovelesco. Después de todo, en Estados Unidos, las soap operas ocupan un inframundo cultural y, como la industria pornográfica, están restringidas a un espacio alternativo desde el cual no afectan al cine con su aroma desprestigiante. Salvo raras excepciones, los máximos exponentes del género no son seguidos por el público en general, y conforman objetos de culto para televidentes selectos. Resulta irrisorio, entonces, que los ricos y famosos de Hollywood sean retratados como si formaran parte de una telenovela, y que sus secretos más oscuros sean revelados a través de una estética que remita al fondo vergonzoso de la televisión. Polvo de Estrellas es sobre lo inconfesable: actores, agentes, productores y directores arrinconados por su pasado pecaminoso, y el cine mismo acorralado por las emociones exageradas de la telenovela.

El título español de la película, bastante desafortunado, alude sin embargo a las preguntas centrales de toda soap opera, y también del film de Cronenberg: ¿Quién se acostará con quién? ¿Cuándo? ¿Cómo? En este caso, el incesto surge como una condición endémica. Hollywood es una fábrica de narcisistas, tan enamorados de su imagen que solamente pueden excitarse con versiones de sí mismos: sus hermanos, hermanas, padres o madres. Como en toda telenovela, seguimos las peripecias de varios personajes, cuyos destinos, inevitablemente, se entrecruzan. Una misteriosa chica, llamada Agatha, que siempre lleva los brazos enguantados para cubrir antiguas cicatrices de quemaduras, viaja a Los Ángeles para probar suerte como actriz. Consigue trabajo como asistente de Havana Segrand, una estrella venida a menos, que busca resucitar su carrera y recurre a las terapias New Age del “doctor” Strafford Weiss. Él es el padre de Benjie Weiss, un ícono juvenil cual producto de la factoría de Disney, que tiene el mismo agente que Havana Segrand y que, como pronto descubriremos, es el hermano de Agatha. Una intrincada y tortuosa trama de relaciones.

Ya en 2001, David Lynch le dio aires telenovelescos a su propia fantasía sobre los muertos que Hollywood esconde en su placard, con la lisérgica Mulholland Drive. Pero Cronenberg, como alguna vez lo hicieron el último Luis Buñuel y el Jacques Rivette de Celine y Julie van en Barco, despliega un lenguaje de cámara más prosaico y convencional, que ayuda a resaltar –al no competir con– las situaciones estrafalarias. Los colores cálidos, los interiores iluminados y los decorados elegantes construyen un escenario para fantasmas, asesinatos, confesiones, alucinaciones y suicidios. Las actuaciones son grotescas e intensas, especialmente la de Julianne Moore como Havana, un compendio de tics, modismos y gestos, un monumento a la arquetípica californiana hueca, cada modulación y movimiento de sus labios una articulación de su interminable hipocresía.

Polvo de Estrellas retrata una enfermedad colectiva: sus personajes están obsesionados con sus dobles ficticios y se olvidan de sus verdaderos cuerpos. Casi nunca vemos a esos dobles, sólo los cuerpos que se pudren. Y mientras los protagonistas sueñan con su imagen proyectada en pantallas ajenas, la pantalla en la que nosotros los vemos ha sido invadida por la soap opera. Es decir, como dijimos anteriormente, por lo inconfesable.

– Guido Pellegrini

Twitter: @beaucine

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