Literatura: El hombre en el castillo


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En esta historia alternativa imaginada por Philip K. Dick, los alemanes, italianos y japoneses ganaron la Segunda Guerra Mundial, mientras que Estados Unidos fue dividida en tres regiones: los Estados Pacíficos de América, dominados por Japón; los Estados Unidos de América, en la costa Atlántica, administrados por los Nazis; y una franja central, supuestamente independiente pero débil y vulnerable, cuyo verdadero rol, en el rompecabezas internacional, es servir de tierra neutral entre las zonas japonesas y alemanas, ya que ambos países solo son aliados en los papeles, mientras que, ideológica y políticamente, están enfrentados. (Argentina, dicho sea de paso, parece haber terminado bajo el halo japonés).

Ahora bien, el objetivo de Dick, al plasmar las consecuencias de una victoria de las Potencias del Eje, no es demostrar las bondades del histórico triunfo de los Aliados. No le interesa comprobar que, sin la intervención estadounidense, Europa y el mundo hubieran descendido al infierno. Tampoco lo niega, es cierto. La continuación ininterrumpida de la política Nazi, tal como es dramatizada en la novela, es escalofriante. Al genocidio de los judíos, los gitanos, los homosexuales y otros indeseables según los Nazis, se le suma el genocidio de los pueblos africanos en la ficción de Dick, la extensión natural, según el autor, de la limpieza étnica y sexual promulgada por Hitler. Los japoneses, en la novela, incluso recelan de los alemanes, porque intuyen que, al no ser arios, eventualmente se convertirán en víctimas.

De todos modos, el tema central del libro es su representación de una cultura estadounidense dominada, no dominante. Es decir, una inversión de la verdadera historia, en la que Alemania se partió en dos, Este y Oeste, por la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética; mientras que Japón logró reconstruirse, pero solo bajo la supervisión y ayuda económica de Estados Unidos, que hizo lo mismo en Europa con el Plan Marshall, sentando las bases (militares y capitalistas) para su predominio mundial. Dick invierte los roles: en los Estados Pacíficos de América, los estadounidenses viven en un contexto donde el poder simbólico, económico e histórico lo tiene Japón. Los vencidos aman y odian a sus vencedores, y consideran que los japoneses, por su refinamiento, su inteligencia, su sobriedad, su historia, su arte y su serenidad, son una cultura innatamente superior, que incluso merece haber ganado la guerra. Al mismo tiempo, los estadounidenses no dejan de reconocer, en los japoneses, a una fuerza de ocupación, que lentamente está borrando las huellas del verdadero espíritu estadounidense, si es que algo así todavía existe.

Por su lado, los japoneses están profundamente fascinados por el país norteamericano, y muchos de ellos, especialmente los más adinerados, coleccionan antigüedades estadounidenses, embelesados por el romanticismo de objetos arcaicos. Incluso, existe una industria de falsificaciones, que busca aprovechar este fenómeno comercial. Son pocos quienes pueden reconocer qué está fraguado y qué es genuino. Si la copia es prácticamente idéntica al original, ¿cuál es la diferencia? La “historicidad” de un objeto – como la llaman los japoneses – es algo abstracto, impuesto por la sociedad, un contenido que fluye y se puede volcar y perder en el olvido. ¿Cómo sabemos que tal objeto participó de tal momento histórico? Solamente si podemos confirmarlo a través de algún testigo. ¿Y si no encontramos testigos? ¿Y si los testigos mienten? ¿Qué podemos saber sobre el pasado de un objeto? ¿Sobre cualquier pasado? ¿Sobre nuestro presente?

La marca registrada de Dick es este cuestionamiento de lo que percibimos como real. En un momento clave, un personaje japonés tiene una visión mágica, en la que descubre un San Francisco bastante parecido al nuestro, más estadounidense que japonés. O sea, Dick propone una historia alternativa dentro de la historia alternativa de la novela, invierte la inversión, y regresa otra vez a nuestra “realidad”, o algo parecido a ella. No es el único caso. El hombre en el castillo del título es un misterioso personaje alojado en una fortaleza escondida y fortificada en la franja neutral de los Estados Unidos. Su vida corre peligro desde que publicó un libro, La langosta se ha posado, en el que describe un mundo donde los Aliados ganaron la Segunda Guerra Mundial. De esta manera, la novela incluye un doble de sí misma dentro de la ficción, y nos permite observar cómo los personajes reaccionan ante la posibilidad de un mundo como el nuestro, mientras que nosotros, en cambio, reaccionamos ante el de los personajes. Es como si ambos nos estuviéramos observando. Y no solo eso, sino que, a través de los personajes, también nos observamos a nosotros mismos.

Tras llegar a la última página, desconfiamos de todo lo que creemos conocer, y entendemos que la realidad en la que vivimos es solamente una de las muchas que podríamos haber conocido. Lo más inquietante, quizás, es que, como demuestra la novela, nos podríamos haber acostumbrado a cualquiera de los caminos alternativos, incluso un prolongado infierno Nazi, y haberlos considerado tan inevitables como el que transitamos en este momento. Incluso, los estadounidenses se podrían haber adaptado al predominio de una cultura extranjera, lo que sugiere que el peso simbólico y político de un país es algo fluctuante y más frágil de lo que parece. El que domina hoy, aprende a ser dominado mañana.

— Guido Pellegrini

Twitter: @beaucine

Literatura: The Variable Man


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Antes de que Philip K. Dick publicara las obras que lo catapultaron al panteón de la ciencia ficción literaria, escribió varios relatos cortos. Algunos merecieron notoriedad y fueron adaptados al cine (The Adjustment Team, Second Variety…), y otros, naturalmente, cayeron en el olvido. Entre estos últimos, The Variable Man, con sus 59 páginas (en mi edición), es casi una novela. Su construcción narrativa es bastante convencional, y hasta sorprende que no exista una versión cinematográfica, porque el relato podría trasladarse a la pantalla grande sin mayores cambios. La acción física predomina sobre lo psicológico o lo subjetivo, y la prosa es funcional a la trama.

En el siglo XXII, la humanidad ha alcanzado un nivel tecnológico inusitado, y los viajes interplanetarios se han convertido en una realidad cotidiana. Sin embargo, nuestra expansión espacial es frustrada por la existencia de un antiguo imperio extraterrestre, nucleado cerca de la estrella Próxima Centauri, que efectivamente opera como un cerco alrededor del sistema solar y nos circunscribe a nuestro vecindario galáctico. La única manera de sortear esta barrera, según la postura belicista terráquea, es la eliminación total del alicaído imperio Centauro. Para lograr este objetivo, uno de los más brillantes científicos humanos propone el Ícaro, una bomba-proyectil que supera la velocidad de la luz. Al acelerar, según la teoría del científico, Ícaro debería desaparecer e ingresar a un plano inmaterial, y al disminuir su marcha y volver a cobrar forma física, debería chocar contra algo de materia –todo espacio tiene materia, según el científico– y entonces desatar una explosión inimaginable, la cual, si ocurriera dentro de Próxima Centauri, sería lo suficientemente devastadora como para aniquilar al imperio Centauro. Solo hay un problema, todavía irresuelto: ¿Cómo lograr que Ícaro se reintegre en el momento justo? Mientras tanto, el gobierno terráqueo contempla cuándo alzarse contra los Centauros. Para facilitar la decisión, emplea una computadora cuya única función es recibir datos y proporcionar probabilidades de victoria. La revelación de Ícaro, aun en su estado incompleto, inclina la balanza a favor de la Tierra, por primera vez en la historia, y entonces el planeta entero se prepara para el conflicto. Declarada la guerra, una división especial, previamente concentrada en la investigación del pasado a través de una “burbuja de tiempo”, redirige bruscamente su atención al presente y, al hacerlo, incurre en un error técnico y trasplanta al futuro un hombre de 1913. De repente, la computadora de probabilidades deja de funcionar. Ha detectado una variable inconmensurable, el hombre variable.

Podría ampliar esta sinopsis, pero me extendería aun más y creo que, con el párrafo anterior, ya revelé suficiente. The Variable Man reúne, en sus casi 60 páginas, un complejo mundo narrativo, y uno de los placeres de la novela es descubrir cómo se transforma y redefine constantemente. Tratándose de un cuento de ciencia ficción de los años 50, la sombra de la Guerra Fría es omnipresente. Ícaro no es otra cosa que una bomba atómica a gran escala, y aunque solo la Tierra posee una unidad, si el imperio Centauro construyera su versión, ambos poderes podrían borrarse del mapa universal. Esta tensión subyace a toda la trama, aunque nunca se convierte en un tema explícito. ¿Qué implica tener el poder de extinguir a toda una civilización? La pregunta no es solucionada ni profundizada por Dick, quizás porque sus personajes, enfebrecidos por el inminente combate, no pueden detenerse a pensar sobre lo que significan sus descubrimientos. Por otro lado, resulta significativo que el hombre variable surja del año anterior a la Primera Guerra Mundial. Incluso, la investigación con la “burbuja de tiempo”, antes de su calamitosa interrupción, indagaba en los orígenes de aquel conflicto, el cual, en su momento, fue interpretado como la Gran Guerra, la que terminaría con todas las demás, tras la cual no era concebible otra igual. La realidad, tras la Segunda Guerra, fue que la Primera solamente sirvió de preámbulo, y que preanunció la destrucción que provocarían los avances tecnológicos en el siglo XX (armas químicas, ametralladoras, etcétera). El enfrentamiento entre la Tierra y los Centauros –signado por la invención del Ícaro– es algo así como el descendiente directo de aquel entre la Triple Alianza y el Triple Entente.

Ahora bien, algunos aspectos de la novela no resistieron al paso del tiempo. Dick no pudo prever, en 1952, cómo se desarrollaría la miniaturización de la tecnología, y por lo tanto sus máquinas y computadoras futuristas operan a través de rudimentarios cables (aunque, eso sí, muy pequeños) y no de microprocesadores o microchips. Pero esto no es lo grave. Después de todo, no se le puede pedir a un autor literario que sea un oráculo. Pero sí se le puede reprochar que nos presente a un hombre de 1913 que milagrosamente consiga, no solo usar la tecnología del año 2136, sino también arreglarla y hasta perfeccionarla. Acerca de esto, Dick adelanta una explicación tan ingeniosa como poco convincente. El hombre de 1913, Thomas Cole, es un verdadero handyman (o manitas). Antes del accidente temporal, se dedicaba a recorrer Estados Unidos en busca de empleo, cualquier empleo, y se especializaba, entre otras cosas, en la reparación de aparatos eléctricos. No era ningún genio, solo un trabajador capaz. Pero al saltearse doscientos años, se convierte en un visionario. Es que el avance tecnológico entre una época y otra recrudeció la especialización profesional, y en este contexto, el conocimiento amplio, primitivo e ingenuo de Cole es toda una revelación. Además, Cole está acostumbrado al contacto físico con las máquinas, y su comprensión manual e intuitiva supera a la más abstracta de sus pares en el siglo XXII. Es una crítica interesante de la especialización del conocimiento científico, académico y tecnológico, pero su puesta en escena es descabellada. Cole inventa celulares interestelares, campos de fuerza y otras imposibilidades tecnológicas, y todo lo logra manipulando cablecitos con pinzas, sin saber muy bien qué es lo que hace. Supuestamente, puede intuir lo que las máquinas “quieren” ser, es decir, para lo que en realidad fueron o podrían haber sido diseñadas. Como Michelangelo, que decía esculpir las figuras que preexistían dentro de sus bloques de mármol, Cole revela las funcionalidades escondidas de las máquinas. Lo que es bastante ridículo. No soy ningún técnico o científico, pero me parece que, para revolucionar la comunicación o el transporte intergalácticos, no basta con correr algunos cables de lugar. Es cierto, un relato de ciencia ficción no tiene por qué ser totalmente verosímil, pero la prodigiosa facilidad de Cole con las máquinas del futuro, además de ser absurda, es el pivote en torno al cual gira toda la novela. Es imposible de ignorar y termina por entorpecer la credibilidad de la trama.

— Guido Pellegrini

Twitter: @beaucine