Festival de Mar del Plata: Homoide, el futuro desde el otro lado de la Cortina de Hierro


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Una interesante producción soviético-polaca de ciencia ficción, de 1979, sobre un cuento del famoso autor Stanislaw Lem. Trata sobre una misión experimental a Saturno, en la que el capitán de una nave espacial deberá juzgar el rendimiento de una nueva línea de androides, los llamados “homoides” del título. Su opinión es decisiva para el futuro del emprendimiento robótico: si es positiva, acelerará la producción de las máquinas; si es negativa, dilatará o hasta detendrá su elaboración. Obviamente, existen muchos intereses de por medio. La UNESCO y el gremio de pilotos prefieren que el proyecto fracase, para preservar los puestos de trabajo de los cosmonautas. En cambio, la empresa fabricadora de robots pretende que el negocio sea un éxito. Tras algunas maniobras políticas, el primer grupo logra imponer como líder de la misión al comandante Pirx, un piloto veterano que, según intuyen, estaría dispuesto a resolver que los robots son incompetentes. El único problema es que él desconoce quiénes entre sus tripulantes son androides y quiénes humanos. A simple vista, no hay forma de distinguirlos.

La película se proyectó en el último Festival de Mar del Plata en 35 mm, y formó parte de la sección Filmoteca en Vivo, que también incluyó cintas como Escándalo, de Salvatore Samperi, y El amor nunca muere, de Fred Burnley. Esta sección, organizada por el coleccionista Fabio Manes y el historiador y crítico Fernando Martín Peña, fue una extensión marplatense del ciclo que se celebra semanalmente en Capital Federal, en el ENERC, que a su vez es una ampliación del programa Filmoteca – Temas de Cine, de TV Pública. En su reseña de Homoide, impresa en el catálogo del festival, Manes considera que se trata de una película “bastante rara”. Personalmente, no creo que lo sea tanto, especialmente cuando se la compara con otros clásicos de ciencia ficción provenientes de Europa del Este, como Kin-Dza-Dza y Visitante a un museo, de la Unión Soviética, y En el polvo de las estrellas, de Alemania Oriental. La diferencia, quizás, es que estas cintas, aunque disparatadas, construyen una lógica interna coherente. Es decir, son lo que pretenden ser: Kin-Dza-Dza es una sátira absurda, En el polvo de las estrellas es una fantasía kitsch y Visitante a un museo es una pesadilla dantesca. Homoide, en cambio, es un relato más o menos serio, con algunos toques de humor, cuyos pasajes más ridículos son errores de dirección y producción y no, como en los ejemplos anteriores, extensiones de un estilo consistente. Por eso, abundan las escenas flojas y las imperfecciones estéticas: los continuos y horrendos zooms, propios de los años setenta; los palacios gubernamentales y empresariales extrañamente despoblados; las deficiencias técnicas a la hora de representar viajes espaciales; y una estructura narrativa desbalanceada. La mitad del metraje está dedicada a diálogos expositivos, y la segunda mitad, al viaje a Saturno, que ya no tiene tiempo para desarrollarse. Por lo tanto, la historia termina a las apuradas.

Sin duda, lo más destacable del film ocurre a bordo de la nave espacial, donde Pirx intenta diferenciar entre humanos y androides. La tarea se complica, ya que, más allá del aspecto biológico, ¿en qué difiere uno de otro? Hablan y lucen de la misma manera, y ambos comen y beben. Incluso, los robots hasta pueden sangrar, ya que su construcción imita la del físico humano. Pirx conversa con cada uno de sus tripulantes, pero no obtiene mayores resultados. Finalmente, uno de ellos, el médico, interpretado por Aleksandr Kaydanovsky, quien luego sería el stalker del film homónimo de Andrei Tarkovsky, admite ser un androide. Increíblemente, tampoco desea que la misión sea un éxito. Según su lógica, si los homoides se producen en masa, él será uno más entre miles y sus habilidades ya no serán tan valiosas y especiales. La película, durante la primera mitad, nos muestra un mundo capitalista, en el que McDonald’s sirve bebidas alcohólicas, las marcas comerciales inundan el paisaje urbano y el fabricante de los homoides protege celosa y criminalmente sus intereses económicos. El androide médico, en este contexto, no puede dejar de estar preocupado por su lugar en el tablero económico y social. Lo mejor de la película, entonces, es cómo ubica a cada personaje en la telaraña de un sistema que incentiva, a toda costa, la competencia y el lucro. Un tema no muy sorprendente, tratándose de una producción comunista, pero correctamente planteado.

Twitter: @beaucine

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