Buenos Aires Rojo Sangre: Los miedos, el apocalipsis según Alejandro Doria


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Una de las rarezas del festival Buenos Aires Rojo Sangre, esta película de Alejandro Doria, estrenada en 1980, fue proyectada en 35 mm y forma parte de la sección Filmoteca Presenta. En clave alegórica, cuenta sobre una plaga que arrasa con la población de una ciudad. Por la radio, un comunicado gubernamental prescribe los pasos que deberían tomar los sobrevivientes, aunque rápidamente se destapa el verdadero plan de las autoridades: asesinar a cualquiera que siga con vida, quizás para prevenir la diseminación de la peste. Algunos afortunados evitan la muerte y, juntos, se encaminan hacia el sur. ¿Poseen anticuerpos? ¿La plaga los afecta más lentamente que al resto? ¿Cómo evoluciona la enfermedad? ¿Las víctimas caen instantánea o progresivamente? No importa. Si bien los protagonistas arrancan desde distintos lugares, sus caminos eventualmente se cruzan. En pocas horas, entre ellos afloran conflictos y sospechas, como un eco de la máxima sartreana, “el infierno son los otros” (planteada en la corta obra teatral del pensador francés, A puerta cerrada). El personaje de Miguel Ángel Solá se perfila como líder del grupo, mientras el resto encarna diversos roles: Soledad Silveyra es una embarazada ansiosa y desconfiada; Tita Merello, una anciana nostálgica, artrítica y senil; Sandra Mihanovich, una monja enigmática y supersticiosa; y María Leal, una prostituta agresiva e impulsiva. Un loco y un jugador de futbol completan el elenco.

En los primeros minutos del film, los protagonistas se conocen en happenings apocalípticos, encuentros fortuitos y esquizofrénicos. Sobre un fondo de cadáveres en calles vacías, Solá persigue a Mihanovich, Leal escapa del jugador de fútbol y Silveyra es acorralada por Merello y el loco. Luego, el recelo inicial desemboca en una necesaria convivencia, aunque este giro es algo brusco y poco convincente. Los miedos no busca una coherencia dramática sino una lógica onírica. Es una pesadilla, un territorio mental. Merello, Leal y Silveyra ofrecen notables despliegues actorales, revolcándose en el piso, tirándose de los pelos, gritando, pataleando y llorando sobre la arena de un desierto interminable. A veces, recuerdan a los personajes del director polaco Andrzej Zulawski, como los de Diabel o En el globo plateado, que sufren ataques epilépticos o emprenden bailes despiadados. No son tan relevantes sus pensamientos, ni sus pasados o futuros, tanto como sus presentes de movimiento agonizante, capturados por la cámara.

Las fallas técnicas, los problemas de ritmo y la pasión setentista por los zooms empañan un poco la propuesta. Por otro lado, Alejandro Doria no abandona totalmente ciertos modelos narrativos propios del género: las tensiones entre los sobrevivientes, las motivaciones psicológicas, etcétera (pienso en películas como 8 a la deriva, de Alfred Hitchcock, o La cosa, de John Carpenter). Lo cual es un problema, porque, como cine convencional, Los miedos es un fracaso: contiene innumerables baches argumentativos, los protagonistas adoptan actitudes incomprensibles y la resolución es insalvablemente cursi. La película brilla por sus elementos más experimentales y abstractos: las sesiones de llantos y alaridos, la brutalidad del paisaje, la fisicalidad de las actuaciones, el fin del mundo inscripto en los cuerpos de los actores. La ciudad habrá sido abandonada, pero el peor destino es el de sus habitantes, muertos o convertidos en dementes. Hay que tener en cuenta, además, que esta cinta sobre cuerpos transformados, poblaciones desaparecidas y autoridades asesinas se estrenó en plena dictadura militar.

– Guido Pellegrini

Twitter: @beaucine