Literatura y cine: Roadside Picnic y Stalker, un diálogo en la Zona


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En la mayoría de las películas o libros de ciencia ficción, cuando nos encontramos con seres extraterrestres, el resultado tiende a confirmar nuestra importancia en el cosmos. Aunque ellos nos traten como esclavos o conejillos de indias, casi siempre reconocen nuestra existencia. Los hermanos Strugatsky, en Roadside Picnic, revierten esta convención. En su novela, los extraterrestres descienden, demoran dos días en la tierra y luego retoman su camino galáctico hacia otra parte. No establecen ningún contacto con nosotros ni nos dejan un mensaje. Solamente arrojan grandes cantidades de desperdicios y basura, que para la humanidad son tesoros incomprensibles.

Los seis puntos geográficos donde aterrizaron son denominados Zonas. La comunidad científica no logra explicar las funciones originales de los objetos descartados, que son adaptados a nuestras necesidades: unos pequeños bloques sirven como fuentes de energía alternativa y unas maravillosas pulseras estimulan los procesos vitales del cuerpo humano. Otros artefactos son menos útiles y hasta peligrosos. Sin embargo, aunque se encuentran fines prácticos para algunos desperdicios, nada se descubre sobre la tecnología extraterrestre, ni cómo funciona ni para qué fue fabricada.

De todos modos, los objetos son codiciados mundialmente. Alrededor del pueblo de Harmont, donde ocurre la acción, surgen emprendimientos comerciales e inmobiliarios, hoteles, negocios, laboratorios científicos y puestos militares, que intentan acomodar y aprovechar el influjo de inmigrantes, muchos de ellos jóvenes, que buscan la gloria y el éxito en la Zona al lado del pueblo. Algunos intrépidos contrabandistas, conocidos como stalkers, entran en la Zona en busca de artefactos para después venderlos en el mercado negro. Las autoridades intentan erradicarlos, pero ellos son demasiado escurridizos y las recompensas, demasiado tentadoras. Igualmente, cada vez quedan menos stalkers: el trabajo es difícil y la Zona está cubierta de trampas mortales, tormentas de fuego y electricidad, trucos gravitacionales y otros efectos inverosímiles. Además, los hijos de estos contrabandistas nacen deformes. Sin ir más lejos, el protagonista de la novela, Redrick, llama a su hija Monito.

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La novela, célebremente, fue adaptada al cine por el director ruso Andrei Tarkovsky. Se trata de una adaptación libre. Supuestamente, la primera versión de Stalker, el film de Tarkovsky, se perdió para siempre cuando un accidente arruinó los negativos. Sin otra alternativa, el director emprendió una segunda versión, que resultó ser más personal que la primera. Y es ésta la que conocemos hoy en día. La película pasa por alto la visita extraterrestre. Como en la novela, hay una Zona donde ocurren eventos extraños, pero nadie sabe qué fue lo que la originó. Quizás un meteorito o una presencia sobrenatural. La Zona emana un aire tenebroso, impredecible, onírico, fantasmático, pero nunca muestra explícitamente algo fuera de lo común. Los personajes se pierden y caminan en círculos, sufren crisis existenciales, observan el paisaje con temor, miran el saludo de los árboles en el viento, disfrutan sensaciones casi eróticas al empaparse en la humedad del pasto… Los obstáculos no son físicos, sino psíquicos y filosóficos.

Un ejemplo ilustra la diferencia entre film y novela. Los Strugatsky escriben sobre el llamado Triturador de Carne, una fuerza invisible que envuelve a la víctima como una boa y la retuerce en el aire hasta despedazarla. Tarkovsky la reinterpreta. En su película, el Triturador no es otra cosa que una habitación amplia, una cueva recubierta de pequeñas dunas. En ella, la víctima debe enfrentar y resolver, en soledad, sus dudas más profundas y traumáticas. El peligro es mental, no físico.

Entre film y novela, hay un cambio geográfico. El pueblo de Harmont se ubica en algún país de Occidente, quizás Canadá. Esto es importante, porque los hermanos Strugatsky critican el orden capitalista que domina Harmont al mostrar cómo la Zona y sus secretos son comercializados. Increíblemente, a pesar de este trasfondo, la novela no agradó a las autoridades soviéticas. Boris Strugatsky, en el epílogo de la versión inglesa de Roadside Picnic, admite que la censura no se dio por cuestiones ideológicas o políticas, sino más bien estéticas. La ciencia ficción, para el dogma oficial, era un género para chicos y adolescentes, quienes necesitaban textos que inculcaran valores ideales. Roadside Picnic era demasiado cruda y pesimista. Tarkovsky redobla la apuesta, y no sorprende que haya enfrentado incluso mayores problemas que los Strugatsky. (Eventualmente, terminó exiliado.) Es que la trama, si bien no parece estar ambientada en algún punto específico del mapa, bien podría ocurrir en la Unión Soviética.

Además, un hecho histórico terminó vinculando estrechamente a la película con la situación soviética: el desastre de Chernobyl. Si bien pasaron 7 años entre el estreno del film y la tragedia nuclear, es imposible no advertir las semejanzas entre ficción y realidad: un cerco militarizado alrededor de una zona prohibida y abandonada, donde la naturaleza lentamente invade las últimos vestigios de cultura humana, y donde la aparente tranquilidad exterior esconde riesgos insospechados. Obviamente, en el caso de Chernobyl y la ciudad de Pripyat, la presencia maligna e inhumana es la radiación. En Stalker, nunca sabemos si verdaderamente existe una presencia semejante o si todo lo que escuchamos sobre la Zona es una fabulación de los protagonistas.

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Si algo distingue al film de la novela, es que el primero aborda cuestiones más metafísicas, mientras la segunda desarrolla un contexto social más amplio, donde los destinos de los individuos se cruzan en el pueblo de Harmont. Roadside Picnic investiga cómo reacciona la humanidad ante la más completa Otredad. Inevitablemente, los objetos descartados por los extraterrestres se convierten en elementos de la cultura terrícola. Son recontextualizados y resignificados como fuentes de conflicto, intercambio, capital económico e intelectual. La cuestión antropológica de sus funciones originales pasa a un segundo plano. Incluso, las consecuencias biológicas y éticas de la Zona son ignoradas ante la marcha inexorable del progreso y el comercio. Sin embargo, los gobiernos, las fuerzas militares, los gerentes capitalistas y los stalkers, por más poderosos que se consideren, son irrelevantes. Los extraterrestres vinieron y se fueron, y lo único que dejaron fue una montaña de chatarra.

Tarkovsky, en cambio, agudiza su mirada. La suya es la historia íntima de tres hombres: un científico, un escritor y el stalker del título. Este último, más que un contrabandista, es un hombre espiritual. Su fe es la Zona. Como Redrick, tiene una hija discapacitada a la que llama Monito, fruto de sus incursiones en terreno prohibido. Pero no se parece a un mono, como su doble literario, sino que simplemente no puede caminar. Los tres hombres, liderados por el stalker, quieren llegar a una habitación escondida en la Zona que, según dicen, concede todos los deseos. En la novela, los stalkers extraen materiales de la Zona. El personaje de Tarkovsky, en cambio, se dedica, no a la extracción, sino a la inserción de personas curiosas y arriesgadas. Resumiendo, el film muestra una región post-industrial, donde el contexto social y económico, tan bien retratado por los hermanos Strugatsky en el caso de Harmont, es inabarcable. Los personajes no inciden en la situación de su país o ciudad. O por lo menos, no los vemos en un contexto donde puedan hacerlo.

La Otredad, en Tarkovsky, no viene del espacio. Es la tierra que nos rodea, la naturaleza, los recuerdos, las esperanzas… El contexto social se limita a un bar de mala muerte y a lo que cuentan el científico y el escritor sobre sus ámbitos académicos o literarios. Más allá de eso, los tres protagonistas deambulan por el vacío. La Zona, más que un lugar mágico, es una visión del futuro. Un terreno custodiado pero también abandonado a la intemperie, donde nuestros escombros anuncian un tiempo sin personas. Se ubica fuera de los límites de nuestra comprensión, precisamente porque sus árboles, praderas y riachuelos nos resultan familiares. Ni siquiera podemos satisfacernos con la excusa de que es un paisaje extraterrestre. Es nuestra tierra y, al mismo tiempo, no lo es. Como si fuera una aproximación dibujada por un ciego que alguna vez pudo ver y que ahora solo puede pintar, sobre un lienzo oscuro, las imágenes mentales que conserva. La Zona vuelve líquido e incierto todo lo que pensábamos concreto y verdadero. Nos obliga a empezar otra vez, como en la infancia, a investigar el mundo.

— Guido Pellegrini

Twitter: @beaucine

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