Literatura: The Variable Man


a

Antes de que Philip K. Dick publicara las obras que lo catapultaron al panteón de la ciencia ficción literaria, escribió varios relatos cortos. Algunos merecieron notoriedad y fueron adaptados al cine (The Adjustment Team, Second Variety…), y otros, naturalmente, cayeron en el olvido. Entre estos últimos, The Variable Man, con sus 59 páginas (en mi edición), es casi una novela. Su construcción narrativa es bastante convencional, y hasta sorprende que no exista una versión cinematográfica, porque el relato podría trasladarse a la pantalla grande sin mayores cambios. La acción física predomina sobre lo psicológico o lo subjetivo, y la prosa es funcional a la trama.

En el siglo XXII, la humanidad ha alcanzado un nivel tecnológico inusitado, y los viajes interplanetarios se han convertido en una realidad cotidiana. Sin embargo, nuestra expansión espacial es frustrada por la existencia de un antiguo imperio extraterrestre, nucleado cerca de la estrella Próxima Centauri, que efectivamente opera como un cerco alrededor del sistema solar y nos circunscribe a nuestro vecindario galáctico. La única manera de sortear esta barrera, según la postura belicista terráquea, es la eliminación total del alicaído imperio Centauro. Para lograr este objetivo, uno de los más brillantes científicos humanos propone el Ícaro, una bomba-proyectil que supera la velocidad de la luz. Al acelerar, según la teoría del científico, Ícaro debería desaparecer e ingresar a un plano inmaterial, y al disminuir su marcha y volver a cobrar forma física, debería chocar contra algo de materia –todo espacio tiene materia, según el científico– y entonces desatar una explosión inimaginable, la cual, si ocurriera dentro de Próxima Centauri, sería lo suficientemente devastadora como para aniquilar al imperio Centauro. Solo hay un problema, todavía irresuelto: ¿Cómo lograr que Ícaro se reintegre en el momento justo? Mientras tanto, el gobierno terráqueo contempla cuándo alzarse contra los Centauros. Para facilitar la decisión, emplea una computadora cuya única función es recibir datos y proporcionar probabilidades de victoria. La revelación de Ícaro, aun en su estado incompleto, inclina la balanza a favor de la Tierra, por primera vez en la historia, y entonces el planeta entero se prepara para el conflicto. Declarada la guerra, una división especial, previamente concentrada en la investigación del pasado a través de una “burbuja de tiempo”, redirige bruscamente su atención al presente y, al hacerlo, incurre en un error técnico y trasplanta al futuro un hombre de 1913. De repente, la computadora de probabilidades deja de funcionar. Ha detectado una variable inconmensurable, el hombre variable.

Podría ampliar esta sinopsis, pero me extendería aun más y creo que, con el párrafo anterior, ya revelé suficiente. The Variable Man reúne, en sus casi 60 páginas, un complejo mundo narrativo, y uno de los placeres de la novela es descubrir cómo se transforma y redefine constantemente. Tratándose de un cuento de ciencia ficción de los años 50, la sombra de la Guerra Fría es omnipresente. Ícaro no es otra cosa que una bomba atómica a gran escala, y aunque solo la Tierra posee una unidad, si el imperio Centauro construyera su versión, ambos poderes podrían borrarse del mapa universal. Esta tensión subyace a toda la trama, aunque nunca se convierte en un tema explícito. ¿Qué implica tener el poder de extinguir a toda una civilización? La pregunta no es solucionada ni profundizada por Dick, quizás porque sus personajes, enfebrecidos por el inminente combate, no pueden detenerse a pensar sobre lo que significan sus descubrimientos. Por otro lado, resulta significativo que el hombre variable surja del año anterior a la Primera Guerra Mundial. Incluso, la investigación con la “burbuja de tiempo”, antes de su calamitosa interrupción, indagaba en los orígenes de aquel conflicto, el cual, en su momento, fue interpretado como la Gran Guerra, la que terminaría con todas las demás, tras la cual no era concebible otra igual. La realidad, tras la Segunda Guerra, fue que la Primera solamente sirvió de preámbulo, y que preanunció la destrucción que provocarían los avances tecnológicos en el siglo XX (armas químicas, ametralladoras, etcétera). El enfrentamiento entre la Tierra y los Centauros –signado por la invención del Ícaro– es algo así como el descendiente directo de aquel entre la Triple Alianza y el Triple Entente.

Ahora bien, algunos aspectos de la novela no resistieron al paso del tiempo. Dick no pudo prever, en 1952, cómo se desarrollaría la miniaturización de la tecnología, y por lo tanto sus máquinas y computadoras futuristas operan a través de rudimentarios cables (aunque, eso sí, muy pequeños) y no de microprocesadores o microchips. Pero esto no es lo grave. Después de todo, no se le puede pedir a un autor literario que sea un oráculo. Pero sí se le puede reprochar que nos presente a un hombre de 1913 que milagrosamente consiga, no solo usar la tecnología del año 2136, sino también arreglarla y hasta perfeccionarla. Acerca de esto, Dick adelanta una explicación tan ingeniosa como poco convincente. El hombre de 1913, Thomas Cole, es un verdadero handyman (o manitas). Antes del accidente temporal, se dedicaba a recorrer Estados Unidos en busca de empleo, cualquier empleo, y se especializaba, entre otras cosas, en la reparación de aparatos eléctricos. No era ningún genio, solo un trabajador capaz. Pero al saltearse doscientos años, se convierte en un visionario. Es que el avance tecnológico entre una época y otra recrudeció la especialización profesional, y en este contexto, el conocimiento amplio, primitivo e ingenuo de Cole es toda una revelación. Además, Cole está acostumbrado al contacto físico con las máquinas, y su comprensión manual e intuitiva supera a la más abstracta de sus pares en el siglo XXII. Es una crítica interesante de la especialización del conocimiento científico, académico y tecnológico, pero su puesta en escena es descabellada. Cole inventa celulares interestelares, campos de fuerza y otras imposibilidades tecnológicas, y todo lo logra manipulando cablecitos con pinzas, sin saber muy bien qué es lo que hace. Supuestamente, puede intuir lo que las máquinas “quieren” ser, es decir, para lo que en realidad fueron o podrían haber sido diseñadas. Como Michelangelo, que decía esculpir las figuras que preexistían dentro de sus bloques de mármol, Cole revela las funcionalidades escondidas de las máquinas. Lo que es bastante ridículo. No soy ningún técnico o científico, pero me parece que, para revolucionar la comunicación o el transporte intergalácticos, no basta con correr algunos cables de lugar. Es cierto, un relato de ciencia ficción no tiene por qué ser totalmente verosímil, pero la prodigiosa facilidad de Cole con las máquinas del futuro, además de ser absurda, es el pivote en torno al cual gira toda la novela. Es imposible de ignorar y termina por entorpecer la credibilidad de la trama.

— Guido Pellegrini

Twitter: @beaucine

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s