Cine: Tabú


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Una película cinéfila y lúdica, repleta de referencias cinematográficas, pero igualmente homogénea y coherente, que no muestra fisuras entre los pedazos heredados y remezclados. Es lo que ocurre en otra película portuguesa, más vieja, de los 80s, dirigida por el entonces debutante Pedro Costa, titulada O Sangue. En la misma, es posible encontrar cientos de citas visuales, entrelazadas de tal manera que terminan fundiéndose perfectamente. Sucede algo parecido en el film uruguayo Una vida útil, en la que un archivista termina desocupado cuando cierra la cinemateca en la que trabajaba. Al recorrer las calles de Montevideo, el archivista descubre que, aunque no puede compartir su amor por el séptimo arte desde la sala de proyección, sí puede bailar y expresar sus sentimientos en el paisaje urbano. En todas estas películas, entre las que incluyo Tabú de Miguel Gomes, las citas y referencias componen una suerte de amalgama donde el origen de cada fragmento desaparece ante el nacimiento de un film mutante, recargado de historia y pasado.

Las primeras escenas de Tabú transcurren en un cine, donde la protagonista, una cincuentona soltera y lisbonense llamada Pilar, disfruta de una horrible película sobre el período colonial africano, en la cual un explorador portugués lucha contra sus demonios internos y los colonizados deambulan en el fondo de la pantalla sin que sus sentimientos y expectativas sean atendidos por la cámara. Si bien no es políticamente correcta, la cinta cautiva a Pilar, que busca –tanto en la vida como en el cine– alguna conexión emocional, y la encuentra, fugazmente, en las historias melodramáticas grabadas en celuloide. Éstas funcionan como puertas hacia un paraíso imaginario de naturaleza y emoción trascendental, donde las pasiones humanas son externalizadas en composiciones espectaculares y oníricas.

En su vida diaria, Pilar busca amortiguar su soledad, y una de sus esperanzas es hospedar a una joven viajera polaca. Pero cuando ambas se encuentran en el aeropuerto, la segunda prefiere recorrer el país con sus amigas. Rechazada y decepcionada, Pilar intenta socializar por otros caminos, y encuentra uno en su vecina octogenaria Aurora, cuya única compañía es su sirvienta africana Santa. Aurora es una verdadera reliquia de una generación arrasada por el viento: racista, prejuiciosa, senil y anclada a sus valores colonialistas. Está convencida de que Santa es una hechicera vudú, y cuando no desvaría incoherentemente, pierde su tiempo y dinero en apuestas y juegos de azar, mientras extraña a una hija con la que apenas se comunica. Poco después, Aurora fallece. Su último deseo es reencontrarse con un antiguo amor, Ventura, y cuando éste aparece demasiado tarde, el mismo descansa su cuerpo envejecido en una silla y, con lágrimas en los ojos, relata su romance con Aurora, cincuenta años atrás, en una colonia portuguesa en África.

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La segunda mitad de Tabú representa visualmente la historia de Ventura, o mejor dicho, la que Pilar reconstruye en su imaginación. Basándose en las imágenes románticas del colonialismo portugués que recibió desde el cine, Pilar filtra las palabras de Ventura por la membrana de sus fantasías exóticas. El resultado es una película muda, en la que los personajes no hablan, y solo escuchamos la narración del segundo y observamos la interpretación visual de la primera, como si ambos compartieran roles autorales, uno redactando el guión y la otra visualizando (y dirigiendo) lo escrito. Juntos, componen la película que es Tabú. Los personajes que mueven la narración –la hermosa y joven Aurora y el errante Ventura, figuras en un paisaje idealizado de súbditos africanos y dueños europeos– carecen de voz. Escuchamos sonidos de ambiente, pero no los diálogos. Estos personajes mudos parecen flotar en el aire; espectros irreales, fantasmas de imagen y movimiento. Como no podemos escucharlos, son casi etéreos e intangibles, y si pudiéramos tocarlos, nuestra mano atravesaría sus cuerpos, como atraviesa la luz proyectada que imprime sombras sobre la pantalla.

Una barrera de tiempo nos distancia de lo narrado. Lo que escuchamos está mediado por Ventura, y lo que vemos, por Pilar. Nuestra comprensión del pasado exige una negociación entre distintas mediaciones, entre pedazos sueltos de un gigantesco rompecabezas, y una vez logrado este paso, el resultado no es total y objetivo, sino una aproximación aun incompleta. La Historia, en mayúsculas, se asoma desde los márgenes del rompecabezas, y contagia al esfuerzo colectivo de Ventura y Pilar. A medida que Aurora y su amante se enamoran, los colonizados se preparan para una revolución, y los colonizadores, que anticipan un sublevamiento, se defienden preventiva y brutalmente. Estos acontecimientos se desarrollan en el fondo de la narración, hasta que la Historia los arrastra hacia el primer plano, donde envuelven e involucran al amor entre Ventura y Aurora, hasta entonces un enclave idílico y cinematográfico.

Tabú, sin embargo, no le presta mucha atención a sus actores negros: Santa es impasible e impenetrable, y los demás personajes africanos resultan intrascendentes, salvo como conjunto. Habitan una historia que no los quiere contener, porque señalan todo lo que no es romántico sobre el colonialismo. Al elegir el punto de vista de los colonizadores, Tabú irremediablemente comparte la perspectiva parcial de estos últimos. Por lo tanto, los personajes africanos parecen tan irrelevantes en la película como lo fueron para los colonos portugueses, aunque el film putativamente se opone a cualquier ideología racista. Ahora bien, ninguna película puede ni debe representar todas las subjetividades posibles, y quizás Miguel Gomes, como portugués, no pueda ni deba revisar la Historia desde otra óptica que no sea la de su propia cultura. Pero creo que hubiera sido interesante si, en vez de Ventura como narrador y Pilar como intérprete, Aurora y Santa hubieran ocupado los mismos roles, respectivamente; el relato de una colonizadora interpretado por una hija de los colonizados.

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De todos modos, atengámonos a la película que es, y dejemos a un lado la que podría haber sido. Gomes explicó, en varias entrevistas, que no quiso condenar las actitudes de los colonos, sino simplemente mostrarlas. Además, admitió que no aborda sus trabajos conceptualmente, sino intuitiva y orgánicamente. Estamos hablando de un cineasta que confía en sus instintos, en las herramientas que atesora en un armario privado de símbolos y emociones, cuyos significados el público desconoce, pero que constituyen un andamiaje secreto que sostiene las imágenes misteriosas y expresivas. Un ejemplo sería la figura del cocodrilo. Según el director, estos reptiles han sobrevivido millones de años sin sufrir grandes saltos evolutivos. Han observado todos los logros y fracasos de la humanidad, como eternos espectadores. De alguna manera, son como los animales eternos de Borges, expresiones tanto de la extensión como de la contracción del tiempo. Son restos de una antigüedad que nos precede y nos sucederá, y por lo tanto delata nuestra mortalidad; y también vinculan épocas lejanas entre sí, negando la linealidad de la Historia, ya subvertida por la oralidad de Ventura, a través de cuya narración Aurora, recién difunta, inmediatamente renace como recuerdo. No se trata de un tema explícito en Tabú, sino de una vibración, un murmullo. Vemos a los cocodrilos en distintas etapas del film, nos dejamos hipnotizar por sus ojos implacables, por sus cuerpos que remiten a formaciones rocosas y prehistóricas, y puede ser que descubramos el sentido que los cocodrilos encierran para Gomes, pero no es necesario que lleguemos tan lejos.

Tabú cruza distintos narradores y géneros cinematográficos, es tan genuinamente emocionante como kitsch, oscila entre la autoconsciencia cinéfila y superficial y un romanticismo transparente y trascendental. Al visualizar el cuento de Ventura como si fuera una película clásica, Pilar imagina una puesta en escena excesiva, poética, ridícula y atractiva, con reminiscencias de bosques Tarzanianos y música pop sesentista. Es un guiño al pasado del cine, pero sin completar. Es la mitad de un guiño, y el resto es abiertamente melodramático, como si Gomes se acercara al borde de la distancia irónica sin cruzar al otro lado, descubriéndose tan cursi y enamoradizo como los jóvenes Aurora y Ventura. Pero detrás de lo ingenuo y de lo adolescente, tiembla la Historia, que amenaza con devorarlo todo. Gomes disfruta de una estética que a su vez pone en duda, como si rehusara de placeres puros o inequívocos. Es lo que le concede a Tabú su extraña fuerza, y no sorprende que Gomes haya sido primero crítico de cine y luego realizador. Su película es también su propia crítica; cuestiona su derecho a existir y, al hacerlo, existe.

Texto originalmente publicado en inglés para el sitio web Next Projection, como parte de la cobertura del 14° BAFICI. Traducido por el autor para Fanboy Cave para coincidir con el estreno comercial de la película en Argentina. 

— Guido Pellegrini

Twitter: @beaucine

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