BAZOFI: El Dr. Phibes vuelve de la tumba


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En el último día del BAZOFI se proyectó El Dr. Phibes vuelve de la tumba, una bizarra película británica de 1972, mezcla de horror y humor, con una estética art decó –al estar ambientada en los años 20– pero atravezada por el caleidoscopio de los 70s. Es la secuela de El abominable Dr. Phibes, pero puede ser vista en soledad, e incluso arranca con una breve recapitulación de lo sucedido anteriormente.

El doctor del título es una excéntrica versión del estereotípico ‘científico loco’. Según se nos relata en la introducción, un accidente lo dejó monstruosamente desfigurado, y para cubrir su rostro calavérico, Phibes usa narices y oídos postizos. Además, como evidentemente perdió la capacidad de hablar, se enchufa instrumentos musicales al cuello y, mediante estos últimos, conversa con otras personas y con su hermosa ayudante, Vulnavia. Su objetivo es revivir a su esposa, Victoria, a quien mantiene embalsamada, y para lograrlo, se dirige a Egipto, donde fluye el Río de la Vida en arroyos subterráneos. Sin embargo, debe lidiar con un adversario, el arqueólogo Biederbeck, quien ha sobrevivido durante cientos y cientos de años, y necesita llegar al Río de la Vida para extender todavía más su existencia y poder vivir junto a su novia Diana, que desconoce la edad de su prometido. Phibes y Biederbeck, entonces, se pelean el acceso a la misteriosa y escondida corriente vivificadora.

Si bien se trata de un film netamente camp, no lo es inconscientemente. Su humor es intencional y los actores se esfuerzan por ser graciosos. De todos modos, aunque la película tiene su lado cómico, no deja de tomarse en serio –hasta un punto– el amor de Phibes por su bella durmiente Victoria y la carrera de Biederbeck contra el reloj que anuncia su defunción.

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Biederbeck es interpretado por un tal Robert Quarry, a quien desconozco, pero cuya carrera lo depositó en cintas como Vampiros de Beverly Hills, El exorcista adolescente, El profeta y El conde Yorga, vampiro. Supuestamente, Biederbeck es el héroe de la película, ya que se opone a Phibes, quien es nada menos que un asesino serial. Pero como héroe, Biederbeck es increíblemente antipático. La muerte de los personajes secundarios no lo afecta en absoluto –salvo Diana, no se preocupa por nadie más–, y ante cualquier disyuntiva, lo único que prioriza es su meta egoísta de llegar al Río de la Vida y asegurarse la eternidad. No se trata de un anti-héroe, ya que el anti-héroe, normalmente, se redime de alguna manera, por ejemplo, olvidando su egoísmo y colaborando en una causa mayor, como Rick en Casablanca o Han Solo en La guerra de las galaxias. En este caso, aunque cerca del final Biederbeck se sacrifica por Diana, la anteúltima imagen ratifica su desesperación egoísta, y durante toda la cinta, Biederbeck arriesga la salud de varios inocentes, quienes lo ayudan sin saber a qué peligros se exponen, y así el supuesto héroe termina siendo un reflejo de su némesis, igualmente podrido y despiadado.

En cuanto a Phibes, es interpretado por Vincent Price, un verdadero ícono de las películas de horror, partícipe en las adaptaciones de los cuentos de Edgar Allan Poe dirigidas por Roger Corman, entre ellas La caída de la casa de Usher y El pozo y el péndulo; y en las primeras versiones cinematográficas de La mosca, La mansión de los horrores y Soy leyenda (conocida, esta última, como El último hombre sobre la Tierra). Ahora bien, como ya advertí, Phibes necesita enchufar instrumentos musicales a su cuello para poder hablar, y entonces, cuando recita sus operáticas líneas de diálogo, no mueve los labios. Sus palabras resuenan en la banda sonora, y aunque pertenecen a la diégesis –es decir, aunque surgen desde el interior de la ficción, en este caso desde un instrumento musical–, es como si escucháramos una narración en off. El doctor conversa con los demás, o monologa sabiendo que lo escuchan, pero sus labios permanecen quietos –aunque sí mueve la laringe–, y entonces es como si Phibes estuviera meditando y nosotros oyéramos sus reflexiones. Lo que, quizás accidentalmente, abre una puerta hacia la subjetividad del personaje, como si los discursos del doctor representaran, en realidad, el contenido de sus pensamientos. Esta sensación se potencia por el hecho de que Phibes, como buen villano clásico y ostentoso, anuncia todos sus planes y ventila todas sus preocupaciones, es decir, “piensa en voz alta”, excepto que, como no abre su boca, su “voz alta” se convierte otra vez en monólogo interno. Es una divertida vuelta de tuerca, que internaliza la verborragia del tradicional genio malvado, al fusionar lo pensado con lo dicho y hacer de todas sus palabras las sombras de su mente.

— Guido Pellegrini

Twitter: @beaucine

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