Festival 4 + 1: Verano


Si hubiera sido un corto experimental, y si se hubiera dedicado exclusivamente a sus innovaciones estéticas, entonces este film sería una obra excepcional, comparable con el corto Valentín de las sierras, del estadounidense Bruce Baillie, igualmente profuso en imágenes sucias y granuladas que enfatizan la textura impresionista de la naturaleza. Pero Verano de José Luis Torres Leiva dura una hora y media, y su metraje es entorpecido por tangentes narrativas, innecesarios personajes secundarios e interminables planos secuencia de caminatas al costado de la ruta. Entre tanto tedio, aparecen momentos de un lirismo indescriptible.

La cinta muestra a un grupo de turistas hospedados en un balneario chileno. El espacio rural que los circunda los envuelve en experiencias visuales, táctiles y sonoras, y la cámara de Leiva parece embriagarse con ellos. Aunque ciertas escenas remitan a la belleza selvática de Blissfully Yours, de Apichatpong Weerasethakul, Leiva despliega una estética mucho más cruda y rugosa que el tailandés. Con una cámara amateur, la Handycam Hi8, el director chileno rodó Verano y luego la proyectó sobre una pantalla para grabarla nuevamente, ahora en HD. El resultado es hipnótico. Los colores se derriten, las formas y contornos se diluyen en el grano, como si fuera una película casera, pero que solamente existe en el recuerdo. Verano parece arrancada del pasado, una reminiscencia difusa. Observamos el vaivén de cortinas empujadas por el viento; sentimos el peso de cuerpos recostados sobre una cama; distinguimos brazos, piernas, espaldas, rostros, manchas cutáneas, textura epidérmica, miembros diseccionados por la cámara de Leiva.

Lo que convencionalmente entendemos como ‘la trama’ de un film no debería importarnos en este caso. Ni siquiera debería ser un factor, tratándose de un poema visual como Verano. Pero, sin embargo, ahí está, ahí aparece y estorba la trama, insatisfactoria, truncada y, de todas formas, presente. Una turista argentina y una pareja chilena se convierten en nuestras ventanas al espacio fílmico. Nos acostumbramos a su respiración, a su vagar. Y luego, abruptamente, los dejamos por un tiempo prolongado, para conocer a otros personajes, y después a otros. Nuestra conexión con alguno de ellos se hace imposible. Si los protagonistas fueran meros recipientes vacíos, no habría ningún problema. Pero no lo son: tienen historias, dudas, anhelos, pasados, angustias, conflictos internos, y cuando los dejamos, sentimos su ausencia. Torres Leiva no tiene el poder de síntesis de un Juan Rulfo, que puede zigzaguear de un personaje a otro en su libro Pedro Páramo sin que reclamemos más información sobre cada uno. En Verano, siempre intuimos que nos queda demasiado por conocer, las caracterizaciones nos resultan inconclusas. Torres Leiva quiere retratar, más que personajes, un espacio, como el hotel en La niña santa de Lucrecia Martel o los pueblos en Jour de Fete de Jacques Tati y Welcome, Mr. Marshall de Luis García Berlanga. Pero los habitantes y vecinos del balneario en Verano guardan sólo narrativas en potencia, subdesarrolladas cuando no inexistentes, y si logran despertar nuestro interés, se pierden irremediablemente en el tumulto.

No se desprende ninguna musicalidad de esta intercalación de personajes e historias. No se percibe una línea conductora y poética que unifique los fragmentos. Tampoco es interesante la fragmentación como recurso estilístico, porque no creo que haya sido la intención. Los pedazos son poéticos, pero no el tejido que los conecta. Verano se desinfla, recurre una y otra vez a imágenes idénticas, torpes, inútiles, de caminatas y rodeos, quizás buscando una coherencia visual, una suerte de leitmotiv. Pero más que musicalidad, lo que se transmite es una falta de imaginación.

De todas formas, cuando logra escalar sus cumbres estéticas, Verano es insoslayable, inolvidable: un fluir de primeros planos asfixiantes, risas que estiran la pantalla, ojos que brillan en imágenes infrarrojas, llamaradas de sol que pincelan el bosque, abstracciones corporales, hallazgos sensoriales, epifanías que sólo el cine nos puede dar.

Guido Pellegrini

Twitter: @beaucine – https://twitter.com/beaucine

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