Festival del Mar del Plata: Más allá del olvido


(Hugo Del Carril fue homenajeado durante el Festival de Mar del Plata, y fue en este marco que se proyectó Más allá del olvido en el Cine Ambassador. A continuación, una crítica de este renombrado clásico)

Bajo la superficie de un melodrama aparentemente convencional, que opera dentro del registro actoral de la época, asoma una de las películas más perversas, enfermizas y desquiciadas del cine argentino. Hugo Del Carril, como director, aprovecha el desborde emocional al que parecen apuntar todos los melodramas y redirige este exceso hacia un plano de horror existencial.

La trama se desarrolla en una casona campestre, donde el dueño del territorio, Fernando de Arellana, interpretado por el mismo Del Carril, enviuda cuando su esposa Blanca contrae una enfermedad terminal. Devastado, Fernando se retira a un París irreal y artificial, más una fantasía de la capital francesa, un cuento de hadas, que el verdadero lugar geográfico. Las escenas situadas en Europa probablemente fueron rodadas en algún estudio, lo que, sin embargo, le otorga al decorado un sentido vagamente onírico. Como si el viaje transatlántico de Fernando hubiera sido soñado, escenografiado en base a postales. Sensación que se ajusta perfectamente al estado psicológico del protagonista, hombre sin centro ni anclaje, que ha perdido a la mujer que lo sostenía al mundo.

En París, se enamora de Mónica, una bailarina con un asombroso parecido físico a Blanca (ambas son interpretadas por Laura Hidalgo), y Fernando, dominado por la locura de su anhelo insondable, pretende convertir a la primera en un doble de la segunda, aunque para lograrlo necesite erradicar la identidad de Mónica, es decir, lograr que se olvide de sí misma, de sus hábitos, de sus manierismos burlescos, de su pasado, y que se transforme en la refinada Blanca. El olvido que anuncia el título, entonces, no es el olvido de una difunta (o no lo es solamente), sino el de una joven viviente, obligada a satisfacer una pantomima necrofílica.

La semejanza con Vértigo, de Alfred Hitchcock, es innegable. Allí también, un hombre, trastornado por la muerte de su amada, intenta hacerla renacer en el cuerpo de otra. Más allá del olvido se estrenó en 1956, y la obra del director inglés, en 1958. Según el archivista y crítico Fernando Martín Peña, en su libro sobre la historia del cine argentino, la novela de Georges Rodenbach, Brujas, la muerte, adaptada para el guión de Más allá del olvido por Eduardo Borrás, fue la “inspiración no declarada de Pierre Boileau y Thomas Narcejac, autores del libro en que se basó” Vértigo. Horacio Bernades, en una nota para Página 12, aunque sin tanta seguridad como Peña, adelanta la misma tesis, al menos como algo “posible”. Sea como fuere, la coincidencia entre ambas películas, una estadounidense y la otra argentina, es fortuita. Que estos dos clásicos absolutos, sin ‘conocerse’ entre sí y sin proceder de la misma fuente literaria, sean cada uno el doble o el reflejo del otro, cuando ambos cuentan historias desgarradoramente obsesionadas, justamente, con dobles y reflejos, me resulta soberanamente divertido.

Al comparar ambos films, podemos entender mejor sus propósitos. Si Vértigo ofrece una explicación lógica –o mejor dicho criminológica– para justificar la existencia del doble, de la aparente reencarnación, entonces Más allá del olvido prefiere el misterio, lo inexplicable, lo insólito de la figura de Mónica. El thriller norteamericano sugiere profundidades pesadillescas, pero se mantiene, por decirlo de una manera, de éste lado de la realidad. O sea, la trama termina siendo más o menos verosímil, tal y cómo la vemos. Percibimos las grietas, los momentos donde el realismo se hunde en las neurosis del protagonista, pero nunca nos adentramos en lo directamente imposible. Más allá del olvido, mientras tanto, se desbarranca hacia un inframundo donde, si bien tampoco suceden cosas imposibles o mágicas, todo está impregnado de una atmósfera fantasmal, distorsionada por la intensidad emocional de los personajes.

Ángel Faretta, en su brevísimo tomo La pasión manda, define al melodrama argentino como “una maniera que implica todo aquello que generalmente se predica del melodrama pero con el plus de una característica esencialmente propia, ‘lo fantástico potencial’. Debemos agregar que este elemento ‘fantástico potencial’ actúa como una suerte de estado de pesadilla inducida, cuasi alucinatorio, pero nunca –o contadas veces– opta por ‘pasar al otro lado’; es decir, se aproxima y aun se instala dentro de lo onírico y de lo feérico –y hasta se inserta en lo numinoso– pero no intenta pasar a una dimensión paralela a la cotidiana”. En esta línea, podemos suponer que la película de Hugo Del Carril, sin “pasar al otro lado”, ocupa un espacio liminal, el borde entre lo cotidiano y lo fantástico. Vértigo hace lo mismo, como ya dije, pero se mantiene más alejado del borde, rozándolo sólo de vez en cuando. Más allá del olvido, en cambio, es un prisma siempre fronterizo, siempre inestable y enigmático.

Guido Pellegrini

Twitter: @beaucine (https://twitter.com/beaucine)

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