Cine: Pajarito Gómez, una vida feliz


Esta película es un grito en el tiempo. No podría ser filmada hoy en día, porque los temas que trata – la cultura de masas y su efímera banalidad – se consideran trillados, pasados de moda, arcaicos y naif. Pajarito Gómez, dirigida por Rodolfo Kuhn y estrenada en 1964, no parece descubrir nada para nuestro cinismo del siglo veintiuno, y sin embargo no perdió su potencia como obra de arte. Quizás porque su humor despiadado supera todas nuestras expectativas y barreras, y nos descubre a nosotros, desnudos, con un cinismo mermado e inconsecuente. Nos recuerda que alguna vez, hace cinco décadas, era posible escandalizarse e indignarse sobre un estado de cosas que, ahora, aceptamos como ordinario y natural. Aunque identifiquemos o comprendamos el problema, perdimos toda capacidad de respuesta. Este film se erige como una instantánea, rodada cuando nuestro presente todavía estaba en pañales.

La trama narra de manera episódica – con ironía y desparpajo – las peripecias de un cantor popular (interpretado por Héctor Pellegrini) y la construcción de su imagen pública. Es presentado por sus productores como un joven inofensivo: aparentemente rebelde, pero esencialmente conservador; moderno, pero apolítico; atractivo, pero nunca abiertamente sexual. Así, un operativo mediático se encarga de armar un personaje ficticio alrededor de Pajarito Gómez, cuya humanidad termina opacada. Entre los numerosos riesgos estéticos que corre la película, uno de ellos es relegar a un papel secundario al ostensible protagonista. Como si se tratara de una metáfora, como si el espíritu del cantante fuera devorado por su doble publicitario. Vemos imágenes del artista, pero nunca a la persona detrás del mito.

Alrededor de su sombra, se reúnen figuras más relevantes o memorables: los productores viciosos que dirigen su destino; su madre, olvidada y desechada en un departamento porteño; su falsa novia, inventada por la firma discográfica para vender un romance inexistente. Una de las secuencias más tristes involucra a una chica de las provincias que viaja a Buenos Aires luego de ganarse un día entero con Pajarito Gómez, tras ser elegida en un concurso nacional. Ni bien llega, se ve envuelta en un torbellino de cámaras fotográficas, obligada a satisfacer una puesta en escena extenuante con su ídolo en distintos puntos del circuito turístico, desde el obelisco hasta el Rosedal, hasta finalmente escapar con él y recluirse en un departamento, donde la promesa de privacidad y felicidad se pulveriza en una desilusión nocturna y traumática.

Película cubista, que observa al protagonista desde los distintos medios y perspectivas que confabulan su figura – la televisión, las revistas, las foto-novelas, la mirada de su madre – concluye con un estallido sublime, una última escena que, como sostienen Fernando Martín Peña y Raúl Manrupe, cuenta entre las más emotivas del cine argentino. Pero más que eso, es una violenta apuesta expresiva, una caída en abismo. Alguno podrá reprocharle al film que sus intenciones quedan demasiado expuestas y obvias al concluir con semejante desborde surrealista. Pero el objetivo de la cinta no es cifrar sus propósitos, sino admitirlos y llevarlos hacia su culminación onírica y desgarradora, donde la carcajada se convierte en alarido.

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