Cine: Dos opiniones de Prometeo



Prometeo y sus antecedentes, por Guido Pellegrini

La trama de Prometeo podría haber salido de algún rincón oscuro de la Web, uno de esos sitios especulativos sobre extraterrestres, universos paralelos y el fin del mundo. Los arqueólogos Elizabeth Shaw y Charlie Holloway encuentran, en varias pinturas rupestres y obras de arte de civilizaciones antiguas – como los mayas, los sumerios y los egipcios – la figura de un humanoide que apunta hacia una constelación de estrellas. Arriban a la conclusión, un poco estrafalaria, de que la ilustración es, en realidad, un mapa codificado hecho por los Ingenieros, una raza de extraterrestres que presumiblemente concibieron a los humanos. Es así que, con el dinero del multi-millonario Peter Weyland, los arqueólogos se dirigen a la luna LV-223 – supuesta cuna de nuestros progenitores – junto con otros científicos y el robot David, interpretado por Michael Fassbender. Una vez ahí, descubren una instalación masiva con fines probablemente militares construida por los mismos Ingenieros, y la situación no tarda en empeorar.

Prometeo dialoga durante todo su metraje con dos clásicos anteriores de su director Ridley Scott, Alien y Blade Runner. Aunque esta nueva cinta pertenece al universo narrativo de la primera, los lazos entre ambas resultan menos reveladores que confusos. Más interesantes son las conexiones con el segundo film, Blade Runner, trazadas a través del personaje de David. Con su cuerpo alto y delgado, Fassbender tiene toda la apariencia de un androide, y su gestualidad refinada sugiere tanto a un amigo como a un asesino. Esta ambigüedad es crucial, porque, aunque David sea el responsable de muchas maldades, no se lo puede juzgar como a un ser humano, ya que no fue educado con nuestros códigos morales. Esto es igualmente cierto para los androides de Blade Runner, quienes se criaron como esclavos y nunca pudieron comprender el valor de la vida desde su miseria. Al huir de sus dueños, adquieren el gusto por la libertad, y al ser perseguidos y ejecutados, descubren el vacío que significa la muerte.

David no alcanza este grado de autoconciencia en Prometeo. Fue programado para satisfacer un único objetivo: que la misión que supervisa llegue a buen puerto. En este sentido, se parece a la computadora HAL 9000 en 2001: Una odisea del espacio. David no se preocupa por los tripulantes a su cargo, sino por los mandatos de la Weyland Corporation, temática que se ubica en plena sintonía con el temperamento anti-capitalista de Alien y, otra vez, Blade Runner. Sin embargo, al mismo tiempo que concreta órdenes empresariales, David cultiva un resentimiento profundo hacia los seres humanos, quienes lo desprecian como alguien inferior. En su corazón digital, se esconden emociones encontradas, tanto lealtad como rebeldía, y, paulatinamente, comienza a independizarse de sus creadores, sin llegar nunca al enfrentamiento abierto. La suya es una insurrección silenciosa, en proceso de gestación. Es la historia edípica del hijo que mata a su padre, como en Blade Runner, pero sin llegar al parricidio.

Si bien hay androides en todas las películas de Alien, estos no son importantes por sus conflictos existenciales, sino por los temores y las dudas que disparan en los demás personajes. David, en cambio, se ubica más cerca de los “replicantes” de Blade Runner, por sus planteos y por su desarrollo como un ser pensante, con una personalidad y una ideología propias. Además, su caracterización como androide rubio y de aspecto casi nórdico, que busca el significado de su vida en los seres humanos y es defraudado por ellos, y que toma por “padre” al avejentado CEO de una compañía, es prácticamente una reproducción del “replicante” Roy Batty.

Se podría trazar una evolución temática a lo largo de los años y las distintas visiones cinematográficas del futuro. Todavía en 1968, cuando se estrenó 2001, los protagonistas políticos eran estados-naciones. Un engendro de la Guerra Fría, la película de Kubrick, cuya trama el director neoyorquino esbozó junto al escritor Arthur C. Clarke, realiza una proyección irónica de las tensiones contemporáneas entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Obviamente, el film no es reducible a esto solamente – es un detalle de fondo, a lo sumo – pero el poder simbólico sigue siendo estatal y nacional. Once años más tarde, en Alien, el Estado es casi invisible, y una compañía privada surge como autoridad superior. Y en Blade Runner, ni siquiera encontramos un atisbo de representación democrática o, incluso, poder dictatorial. Solamente hay empresas – la Corporación Tyrell, entre ellas – que acaparan todo con sus ineludibles logotipos y su influencia ubicua sobre el espacio social y económico. Prometeo se perfila dentro de esta segunda línea, y puede resultarnos preocupante que una empresa privada se haga cargo de descubrir el origen de la humanidad y de utilizar – o intentar utilizar – esta información para el beneficio personal y egoísta de un simple gerente.

Sin embargo, Prometeo adolece de algunas flaquezas. Propone temas interesantes, pero no los profundiza más allá de su mención retórica. Quizás no sea un problema del guión sino una falta de sutileza estética. Blade Runner derrocha melancolía y decadencia en cada imagen. Su visión pesadillesca del futuro urbano es, además, una excelente reinterpretación del legado del cine noir de los 40s, donde la ciudad es el monstruo que consume a nuestros anti-héroes. Con su humedad, su collage de carteles y neón, y su laberinto de muchedumbre y basura, la ciudad de Blade Runner es inabarcable y desbocada, un alarido arquitectónico que destruye toda noción geográfica, un caos que atrapa a la humanidad en el entrelazado de infinitos y oscuros puntos de fuga, por donde la urbe se extiende, interminable. Nada de esto es dialogado. Los personajes no mantienen conversaciones sobre los excesos del mercado inmobiliario. Todo este sentido se sugiere visualmente, algo que Prometeo no logra equiparar. No hay poesía en su cinematografía ni en su decorado. Se sostiene sobre los logros de sus actuaciones y los pasajes más sugestivos de su libreto, mientras que sus imágenes rebosan de textura pero carecen de ideas. Lo que es suficiente, quizás, para una buena película, pero no para una obra maestra.

Una segunda opinión, por Maximiliano Espósito

En principio, no sé qué puedo decir sobre esta película, salvo que la venía esperando con mucha ansiedad, tanto por mi gusto por la saga de Alien como por el despliegue mediático masivo e inteligente que precedió a su estreno. Si pueden, aprovechen para ver los avances de Prometeo por YouTube, ya que a través de ellos tendrán más datos para entender el trasfondo de la cinta. A diferencia de los avances para cualquier otra película, estos son muy útiles a la hora de entender el contexto de los personajes.

En cuanto a lo visual, Prometeo es impresionante. Con este film, se sigue fundamentando mi idea de que los efectos especiales de esta época son dignos de verdaderos ingenieros de la imagen. Como un ejemplo, basta mirar la escena en que se puede ver al planeta y a la nave en órbita, cada cual con su proporción adecuada.

Sin embargo, hay cosas que me decepcionaron. Los alienígenas – o Ingenieros, en este caso – deberían ser mucho más grandes de lo que son en Prometeo, según el tamaño del cadáver que aparece en Alien.  Por lo tanto, esta nueva película parece habitar un universo alternativo respecto a la cinta original. A esto se suma el hecho de que muchos guiños que vinculan a Prometeo con el resto de la saga terminan por oscurecer y confundir la relación en vez de afirmarla y esclarecerla. Lo que más me extraña es que todo esto venga del mismo creador de Alien, Ridley Scott.

De todas formas, debo felicitar el toque seudo-religioso del mural donde se retrata al famoso “xenomorph” de las películas anteriores, además de la presencia del robot David, excelentemente interpretado por Michael Fassbender. Curiosamente, David es el mismo nombre del androide de la cinta AI: Inteligencia Artificial y del cuento corto “Los superjuguetes duran todo el verano” de Brian Aldiss, en el que se basó la película de Spielberg. También, a mi entender, la ideología de la empresa Weyland – presente tanto en Alien como en Prometeo – recuerda a partes de “III”, otro cuento corto de Aldiss. En cuanto a David, el androide de Prometeo y el niño de AI se hacen algunos de los mismos planteos filosóficos, aunque los del primero son articulados de forma más madura, acorde con su edad. No es que haya una conexión explícita entre ambas obras, sino que me parece muy curioso cómo se evocan mutuamente.

Más allá de estos detalles, Prometeo expone muy bien la obsesión – a veces salvajemente mortal – que caracteriza al ser humano. Como precuela de una película vieja, impactan los nuevos estilos y diseños, mucho más iluminados y definidos que sus pares hace treinta años, parecido a lo que pasó con la segunda tanda de la saga de Star Wars.  En fin, Prometeo fue una de cal y otra de arena. Me encantó y me defraudó, principalmente por el final, que podría haber sido manejado de otra manera.

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Un pensamiento en “Cine: Dos opiniones de Prometeo

  1. Quiero aclarar dos puntos, respecto a mi crítica. No los incluí para no entorpecer la lectura, pero quiero mencionarlos en este espacio. Advierto que hay “spoilers”, así que no lean lo que sigue si no vieron la cinta en cuestión.

    Cuando digo que en Prometeo no hay “parricidio”, entiendo que el “padre” de David muere, aunque no por obra del mismo David. Pero considero que Weyland es solo un “padre” transitorio. Al final de la película, David parece elegir otro “padre”, o mejor dicho, una “madre”. Es decir, cambia de dueño, pero todavía no se enfrenta contra sus creadores. El otro punto es que, cuando hablo del “poder estatal” en 2001 y el “poder empresarial” en Alien y Prometeo, entiendo que, en todos los casos, hay una inversión irónica: el “poder” es ridiculizado por la inmensidad del cosmos. Las intrigas entre estadounidenses y soviéticos en 2001 parecen absurdas ante los misterios existenciales del espacio, mientras que las ostentaciones empresariales en Alien y Prometeo son pisoteadas por la violencia de un universo amoral.

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