Cine Argentino: El romance del Aniceto y la Francisca… (Favio, 1967)


Pondría a esta película en un vidriera junto con Las sombras de nuestros ancestros olvidados de Sergei Paradjanov y Amanecer de F. W. Murnau. En ellas, todo es dibujado a grandes trazos, las emociones estallan en la pantalla y la cámara se encarga de hilvanar un verdadero desfile de imágenes descollantes. Las tres, además, se alejan de un registro realista y se niegan a construir personajes psicológicamente creíbles, con la salvedad, quizás, del Aniceto de Federico Luppi. Los amantes que protagonizan este trío cinematográfico son seres arquetípicos, figuras idealizadas del amor eterno o perdido. Más que seres humanos, son ideas y conceptos. No es casual que las tres películas sean profundamente oníricas y fantasiosas, como si ocurrieran en algún teatro celestial. Murnau fue el que más explicitó la naturaleza prototípica de su propuesta. Ninguno de sus dos enamorados lleva nombre. Él es simplemente El Hombre; ella, La Esposa. Y la femme fatale que interrumpe su felicidad campestre, La Mujer de la Ciudad.

Aunque los amantes de Leonardo Favio poseen nombres propios, como bien anuncia el larguísimo título de la cinta, bien podrían haber adoptado los títulos genéricos de Amanecer. También reaparece la femme fatale de Murnau, aunque esta vez no proviene de la metrópolis sino que es tan provinciana como los protagonistas. De todos modos, en la película de Favio se repite el mismo binomio machista, también presente en Amanecer, que divide al universo femenino entre ángeles virginales y diablesas sensuales. La “santita” de Francisca es desplazada por la “putita” de Lucía, que seduce – y es seducida por – Aniceto. Es una ideología de género casi antidiluviana, aunque con algunas matices. Lucía no le roba el novio a Francisca, sino que es el propio Aniceto el que persigue y se encapricha con ella, y cuando se derrumba el affaire, Lucía es agredida y golpeada por Aniceto. Francisca, más que una virgen, es simplemente joven e inexperimentada. Lucía la supera en años, madurez y falta de escrúpulos.

Aniceto, Francisca y Lucía existen en un plano de puro sentimiento, pura sensación. No son seres psicologizados, pensantes y profundos. Lo de ellos es reacción, epifanía y vaivén musical. Hace unos años, Leonardo Favio filmó un remake que se llamó, simplemente, Aniceto. En el papel de Federico Luppi apareció el bailarín Hernán Piquín, y la trama de El romance… se reconfiguró como un ballet moderno. Al reinterpretarlo de esta manera, Favio profundizó la esencia del original, que siempre había sido eso: baile, movimiento, forma. Sin embargo, El romance… sigue siendo la versión definitiva. Los claroscuros de la iluminación, las figuras que desaparecen en la noche, las miradas que aniquilan el espacio al encontrarse, el tiempo que se contrae y ralentiza. Como el director francés Robert Bresson, Favio construye el ritmo de su película sobre una sucesión de elipsis y tiempos muertos. Algunas escenas se omiten para adelantar la acción, mientras que otras se extienden hasta el límite, sin más lógica que una poética del momento, del instante trascendental. Es como si los cuerpos fueran signos y el film, la partitura que los organiza. En una composición instrumental, los sonidos nos evocan sentimientos que no están necesariamente anclados a una trama. En este caso, hay una trama, pero ha sido reducida a lo esencial, para que prevalezcan otros sentidos.

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