Cine Argentino: La cifra impar (Antín, 1962)


En general, no me gustan las películas demasiado habladas, porque siento que no encuentran un ritmo propiamente cinematográfico. Esto es así, especialmente, cuando lo dicho importa. Es decir, cuando lo expuesto en los diálogos articula el sentido del film. A veces, el diálogo abunda, pero lo relevante no son las palabras sino cómo se dicen. Por ejemplo, en El mensajero del miedo, de John Frankenheimer, los protagonistas se extienden en rarísimas conversaciones, donde lo dicho se convierte en sonido abstracto, en gesto, en un juego de espías que se coloca entre las frases. Pero en La cifra impar, de Manuel Antín, sobre un cuento corto de Julio Cortázar, lo dicho sí importa. Los personajes no dejan de verbalizar sus sentimientos y sus dudas.

Sin embargo, este estilo tiene una virtud: logra establecer una atmósfera de introspección, que a veces alcanza profundidades oníricas. Ingmar Bergman aprovechó este efecto en sus películas, como también lo hicieron Alain Resnais, Andrei Tarkovsky y Michelangelo Antonioni. En sus obras, como también en La cifra impar, los protagonistas no sólo verbalizan lo que sienten, sino que además – y esto es crucial – no llegan a estar seguros de lo que piensan. Lo que se verbaliza representa una búsqueda, un rodeo alrededor de un problema insondable. La solución, si es que la hay, nunca aparece en lo dicho, sino en el silencio que dejan las palabras inútiles.

Luis y Laura son amantes argentinos refugiados en París. No son exiliados políticos ni mucho menos, pero escaparon de Argentina para olvidar su pasado, y específicamente, para olvidar a Nico, el ex novio de Laura y el hermano de Luis. Es una historia de celos entre hermanos, un triangulo amoroso mortal, pero con la diferencia de que la película detalla lo que ocurre después de lo que, en otro film, hubiera sido el desenlace. Es decir, comienza con Nico ya muerto – o aparentemente muerto – y con los amantes angustiados por una culpa que no quieren admitir, una culpa que crece como un tumor en los intersticios de su vida parisina.

No es una película perfecta. En ella, se instala una fricción entre una estética melodramática, más cercana a los años 50 y La casa del ángel, y otra estética más modernista, más parecida a Hiroshima, Mon Amour de Alain Resnais, con sus rupturas temporales y sus amantes verborrágicos. También, como en Hiroshima, los diálogos entre los protagonistas parecen ocurrir en un inframundo mental, como si ambos se comunicaran telepáticamente desde sus respectivos subconscientes. Hay pasajes en los que La cifra impar funciona y sorprende – algunas escenas sencillamente están entre lo mejor del cine argentino – pero, en otros momentos, hay falta de ritmo, ingenuidad al adoptar los clichés visuales de la época, desbordes de dramatismo y cierta rigidez en las actuaciones, propio del registro actoral de la década anterior.

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