Cine Argentino: Alias Gardelito (Murúa, 1961)


Alias Gardelito

Los marcos de una puerta, un pasillo, una escena de suspensión en Alias Gardelito.

Empieza una nueva sección de Fanboy Cave, un recorrido por el cine argentino del pasado y del presente. 

Esta película del chileno Lautaro Murúa ganó el Cóndor de Plata en 1962. Es un artefacto extraño. Quizás esta apreciación se deba a mi falta de contacto con esta época del cine argentino, pero me sorprenden las rupturas de Alias Gardelito, las escenas que escapan a lo convencional, a lo predecible. Remite al cine noir norteamericano, con sus detectives, sus ladrones, sus sombras y sus ciudades nocturnas. Pero después hay otras cosas. Ya se entraba en los 60s. Había renovación cultural, aparecían vanguardias incipientes.

Es interesante comparar esta cinta de Murúa con las dos de Fernando Ayala que también ganaron el Cóndor de Plata, en 1959 y 1957. Estoy hablando de El jefe y Los tallos amargos, respectivamente. Estas se inscriben dentro del género noir, como Alias Gardelito, pero cuentan tramas convencionales, subrayan claramente las dudas morales de sus personajes y proporcionan finales felices. El supuesto desenlace desolador de Los tallos amargos es, en realidad, todo lo contrario: el protagonista sufre por sus pecados, mientras que los buenos – y existen los buenos en las películas de Ayala – aguardan un porvenir de esperanza (aunque ignoran crímenes que descubrirán con el tiempo).

Nada de eso en Alias Gardelito. No hay héroes ni trama convencional. Como en Sunset Boulevard de Billy Wilder, la historia la narra un muerto. Arrancamos en territorio noir, con un negocio de remates truchos en pleno centro porteño y con una relación volátil entre el protagonista, el Gardelito del título, y su mentor, Feasini. Hasta ahí, todo muy parecido a la película de Ayala, El jefe. En ambas, un joven con esperanzas de crecimiento económico sigue los pasos de un embaucador experimentado, un caudillo urbano. Como dice Ayala, de su film: “Es la demostración de que todo jefe está mintiendo. El caudillo surge a consecuencia de la mediocridad, la abulia, esa moral a la violeta de lavarse las manos”.

Pero, mientras Ayala persigue el recorrido de este conflicto entre aprendiz y maestro hasta la última toma, Murúa – repentinamente, esquizofrénicamente – se desvía, empieza a deambular por otros rumbos. Gardelito – en realidad, Toribio Torres, un cantor de tango que sueña con el estrellato – se distancia de Feasini. Entonces inicia un derrotero inverosímil: empequeñece sobre la terraza de su casa frente al horizonte de edificios porteños, se divierte con una chica del barrio, luego la olvida, discute con la familia que lo hospeda, alquila un lugar para dormir, entabla amistad con el cocinero Leoncio, pretende ser manager de un boxeador amigo… Y después, cerca del final, Alias Gardelito retoma la relación entre el protagonista y Feasini, ahora inmerso en otro negocio turbio.

La estética del film es indefinible. Parece un noir típico – por la iluminación, por la fotografía urbana – pero hay escenas que no encajan y tomas que duran demasiado, que no se enmarcan dentro de la trama. Evocan las que luego emprendería Leonardo Favio unos años después en Crónica de un niño solo. Son tomas donde surge la textura, donde hay vida y sorpresa. Gardelito se sienta a comer y es observado por quien actúa como su padre ante la ausencia – nunca explicada – del verdadero. Durante varios segundos agónicos, sólo se escucha el sonido de los cubiertos mientras esperamos que algo suceda, que estallen los inevitables reproches verbales. Más adelante, hay otro momento de suspensión y suspenso, también vinculado a la comida. Gardelito despierta con el desayuno que le trae Leoncio. Mientras el primero mastica un pedazo de pan, el cocinero se sienta sobre la cama, tararea una melodía y le prende un cigarrillo a Gardelito. Se perciben resonancias homoeróticas. “Dame un cigarrillo”, le ordena el cantor frustrado. “Bueno”, murmura Leoncio. “Prendelo”, le exige el joven. Y otra vez Leoncio, obsecuente, sumiso. Más adelante, Gardelito le pide plata prestada y el cocinero – que no es precisamente un millonario – se la confía sin chistar, aunque es evidente que nunca la volverá a ver.

La intimidad entre ambos personajes es de nula relevancia para el resto del film. Respecto al argumento, hay un indicio de columna vertebral: sobre el final, vuelve Feasini, vuelve lo establecido al principio. Pero, anteriormente, se disparan diversos ramales que terminan en la nada. No parece un error del guión, sino una decisión conciente, una organización episódica. Lo que emerge es más parecido – aunque sin igualarlas – a las caminatas del cine italiano contemporáneo. Las de Ingrid Bergman en Viaje a Italia o de Monica Vitti en L’avventura. Es decir, caminatas que muestran a la persona en su mundo, en su entorno. En este caso, en la Buenos Aires oscura, corrupta – pero también dinámica, emocionante – de los primeros 60s. Lo noir expuesto mejor que nunca: el hombre moralmente ambiguo un su ciudad de pecado.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s