Impresiones BAFICI: Es posible que la belleza haya reforzado nuestra resolución – Masao Adachi


Philippe Grandrieux es un director de la desmesura. Sus personajes, más que seres humanos, son cuerdas tensadas. En La Vie Nouvelle, para mí su obra maestra, los protagonistas se ubican más allá de sí mismos, aniquilados, cuerpos vacíos que captan sensaciones y responden a distintos estímulos. Todos ellos participan en una red de trata de blancas, como prostitutas o como clientes. Todos, también, se comportan como animales, puras fisicalidades arrinconadas en cuartos oscuros. Como en sus otras dos ficciones – Sombre y Un Lac – Grandrieux retrata a personas ubicadas en el límite de lo humano y lo comunicable, en un territorio donde el mejor medio de expresión es un grito desgarrador.

Es posible que la belleza…, la nueva película del director francés, es diferente a sus trabajos anteriores y, según mi criterio, no tan perfectamente lograda como ellas. A través de una serie de entrevistas al cineasta japonés Masao Adachi, Grandrieux articula una suerte de poema sobre el tiempo, el olvido y el recuerdo. No se trata de un documental común. Adachi ni siquiera recibe un trato biográfico medianamente competente y al final de la cinta no hemos aprendido de su vida más que fragmentos. Es evidente que el interés de Grandrieux está depositado en otro lado. Los primeros minutos de Es posible que la belleza… anuncian su proyecto artístico: Adachi se balancea sobre una hamaca, mientras la cámara lo observa con una mirada que parece temblar y parpadear, un efecto distintivo de Grandrieux; en off, escuchamos cómo el japonés murmura frases sueltas e inconexas, como si verbalizara sus pensamientos más profundos y opacos; la imagen se desenfoca, la figura de Adachi se pierde fuera del cuadro, luego regresa más nítida que nunca, aunque sólo por un momento, porque pronto vuelve a desvanecerse con el vaivén de la hamaca; la tarde oscurece, cargada de una potencia onírica que hipnotiza, aquello que los anglosajones llaman “magic hour”, la hora mágica antes del anochecer, cuando las cosas parecen efímeras e incorpóreas y nuestros alrededores, tenuemente iluminados por los últimos rayos del sol, parecen el escenario de un sueño.

Con esta atmósfera se desarrolla el documental. Adachi recuerda su juventud y Grandrieux parece expresar algo así como una visualización de la memoria o del pasado – difuso, escurridizo y fantasmagórico – que existe, no sólo en Adachi, sino en las subjetividades de todos nosotros. Es posible que la belleza… no tiene la intensidad de las otras obras de Grandrieux. Adolece de cierta obesidad estética, como si se enamorara de sus excesos y los consumiera sin tregua. Es algo repetitiva y demasiado extensa, no encuentra su ritmo salvo en partes y no estoy seguro que Adachi sea el sujeto adecuado para la aventura cinematográfica del francés. Pero hay algo que me atrae a este documental desparejo: cierta sensibilidad, quizás, por lo contemplativo, por el deambular mental de una tarde epifánica.

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